:: Vuelve el cine al barrio de Monte Castro ::

Publicado: agosto 7, 2009 en arte, Buenos Aires, Espectaculos
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proyector

Un miércoles de 1977, la sala del cine dependiente de la parroquia San Pedro Apóstol, en el barrio de Monte Castro, estaba repleta. Ariel Carranza, de diez años, no perdía la concentración en aquella película que ya había visto seis veces en el mismo cine, pero que lo seguía fascinando: La fiesta inolvidable , comedia dirigida por Blake Edwards e interpretada por Peter Sellers.

Cinco años más tarde, el cine barrial, de la calle Bermúdez 2052, cerraba sus puertas por falta de presupuesto, tras 35 años de funcionamiento.

El barrio quedaba con un vacío cultural. Sin embargo, rememorando la historia de la película Cinema Paradiso , ni Ariel ni otros miembros de la parroquia San Pedro perdieron las esperanzas de recuperar, algún día, aquel espacio de la cultura audiovisual.

“En 2004, el apoderado legal de la parroquia, Carlos Roberto, nos ofreció recuperar el cine de nuestra infancia. Cuando escuché la propuesta me pareció un sueño”, dice emocionado Ariel. En el reestreno del cine, el director argentino Juan José Campanella proyectó Luna de Avellaneda , y los actores de la película brindaron por la reapertura.

Luego de poner a tono la sala, todo comenzó a funcionar como en 1977. “Conservamos los mismos proyectores de las primeras épocas del cine, que funcionan a carbón y que requieren un proyectorista experto”, cuenta Ariel.

El proyector funciona con dos barras de carbón recubiertas de cobre que alimentan una chispa que permite que se genere una luz blanca en una linterna, que es la que ilumina los fotogramas de la película. Para que la luz sea perfecta los carbones deben estar quemados siempre a la misma altura, y es tarea del proyectorista controlarlos.

“Cada película está grabada en varios rollos. En estas máquinas los tenemos que cambiar de a uno y a mano. Realizamos una especie de edición en vivo”, explica Lourdes Morande, que junto con Matías Locascio maneja la compleja maquinaria.

Ariel cuenta que no es fácil mantener un cine, a pesar de la ayuda de la parroquia: “Con el dinero de las entradas costeamos todos los gastos”.

Las películas que se proyectan son las mismas que las que habitualmente se encuentran en todos los cines. Además, la entrada es más barata que en las grandes cadenas: “Cuesta 12 pesos y seis para los jubilados. Los días de descuento, seis pesos para todos. Repartimos por el barrio cupones de dos por uno para que todos puedan venir al cine”.

Ariel está orgulloso de haber recuperado el cine de su infancia. Sostiene que en esa sala gigante de 300 butacas y pantalla de grandes dimensiones cualquier película se aprecia mejor: “Conserva el antiguo espíritu de cine de barrio”.

Fuente: diario La Nacion (nota de la periodista Victoria Russo)

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